EL HORNO A LEÑA EN CORONGO
Los hermosos granos de Barba Negra, Mentano, Florencia Aurora, Húngaro, Candial Blanco, Candial Negro, el Márquez se lucían al vigor de los caballos que trotaban sobre las espigas y los agricultores pedían a gritos: ¡Wera, wera! y con agudos silbidos llamaban al Dios de los vientos que cargado de furia soplaba la paja y dejaba relucir los maravillosos granos de trigo maduro.
Pasaron los años y a mi madrina Ramos ni la saludaba, porque me daba miedo; decían que era bruja; pero gracias a ella estoy escribiendo estas líneas del recuerdo.
Este relato es un homenaje a las costumbres de las familias coronguinas alrededor del horno a leña.
Las tías y mi mamá se ponían de acuerdo para hacer pan, cada una preparaba en artesas de madera, su masa con debida anticipación, usando el concho de chicha o levadura, de tarde se traían los troncos y rajas de leña, además se colocaba hojas secas de eucalipto para el precalentamiento del horno, pasaban las horas el horno se ponía a temperatura ideal y las mamás iniciaban el tableado de los panes, bizcochos, roscas, panecitos de maíz, bambasas, semitas.
Mientras tanto primas y primos jugábamos manito, las escondidas (chinkapochi), chanca la lata, chicotito caliente y otros, luego nos metíamos a la sala para preparar nuestras masas bien tableadas en forma de cachanga y las colocábamos en la puerta del horno a manera de prueba del horno.
Cuando los panecitos estaban listos los enfriábamos a punta de soplido para devorarlos de inmediato, que delicia se sentía comer esas cachangas calientes, también hacíamos las figuras de preferencia en masa de pan, a mí me encantaba hacer sapitos y lagartijas (ullukush).
Luego venían las señoras con sus pañolones y sombrero de paja cubriéndose la boca, para evitar la torcedura del rostro por cambio brusco de la temperatura, arrinconaban los carbones calientes al fondo del horno, limpiaban con hojas de hierba santa el piso y tomaban la pala de madera para colocar los panes en un orden de cocción, cerraban la puerta del horno y esperaban la hora de sacar el pan con tertulias, chistes que atentamente escuchábamos. Cuando el olor a pan cocido invadía el ambiente tomaban la pala de latón y comenzaban sacar el pan caliente en canastas.
Las formas de los panes eran a gusto de las mamás en forma de cachitos, lagartijas, sapitos, wawas (muñecas), guanacos, palomas, rosas, platanitos o el solemne repulgado (ondas especiales alrededor del pan que ahora se siguen haciendo en las empanadas).
Los que cerraban el horneo eran los panecitos de maíz y los bizcochos, aunque nunca faltaba una calabaza (que llamamos en el norte chiclayo) que era el último en ingresar al horno ya casi frío y entre las brasa quedaba toda la noche, al día siguiente ese chiclayo era un dulce de primera calidad, para relamerse los dedos.
Terminada la hermosa reunión familiar mamá colocaba en alto, los panes en ganchos fuera del alcance de nosotros, éramos pues muchos niños y se suponía que los panes iban a durar un par de semanas; pero la imaginación infantil no tenía límites; mi hermano Julito inventó un método fácil para robarnos los panes, agarró un palo largo y le daba un golpe seco en la parte baja de la canasta, luego de esta “tukshida” los panes salían saltando por encanto y nosotros los atrapábamos felices, siempre fuimos insaciables devoradores de panes hechos en horno a leña, a la antigua, eran por lo tanto irresistibles. Pobres mamás nuevamente tenían que programar una nueva faena de horneo porque el pan se terminaba antes de lo previsto, siempre.
Posdata:
Este homenaje es en primer lugar dedicado a mi madre que siempre nos colmó de panes, bizcochos, roscas, bambasas, semitas, panecitos con el enorme cariño de siempre. En segundo lugar a todas las tías de las tertulias, a las señoras que hacían panes para venta y un homenaje especial a los mejores bizcochos que he comido de manos de la tía Auristela Garay de Trevejo y la tía Julia Olivera de Armijo (herencia de su madre doña Etelvina Cortés).
Luego siguen esta labor las tías Julia Trevejo de Garay y Julia Méndez de Trevejo, también la tía Flor Olivera. De nuestra generación sigue esta escuela Anita Olivera Garay, pero claro en Corongo hay nuevas señoras inmigrantes que hacen honor al pasado como Teófila Román, de quién gustosos degustan en Lima sus bizcochos; todos mis hermanos, sobrinos y mis hijos en especial.

















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